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Primeros Pasos en la Vía del Zen

Las palabras que siguen intentarán ayudarte a situarte en la práctica de la Vía del Budismo Zen que acabas de iniciar.

caligrafía zen

La motivación

 
En primer lugar debes preguntarte qué es lo que buscas en la práctica del Zen. He aquí una historia:
 
"Un hombre tenía un puesto de frutos secos, La gente que quería frutos secos se acercaba a su puesto y este hombre se los proporcionaba. Pero, a veces, llegaba gente distraída que le pedía tomates o carne, y este hombre le decía: no, aquí tenemos sólo frutos secos. La verdura y la carne es ahí al lado."
 
En este centro Zen se estudia y se practica la enseñanza transmitida por los Budas y Ancestros a través del linaje correcto de la Transmisión Budista Zen, cuya esencia fundamental es la de descubrir y vivenciar la verdadera naturaleza de nuestra existencia. El corazón de esta práctica es la meditación zazen.
 
¿Quiere esto decir que para hacer zazen en un dojo hay que "hacerse budista"? No. Esto quiere decir que en este centro Zen se practica zazen siguiendo la enseñanza del Budismo Zen, pero el centro está abierto a todas las personas que quieran hacer zazen respetando las reglas y la atmósfera de este lugar.
 
La Vía del Zen es como un gran océano de agua dulce que puede proporcionar agua a todos aquellos que la necesiten. La cantidad de agua que se recibe depende de la necesidad y del recipiente con el que se acuda: Un gran recipiente podrá recibir mucha agua, un recipiente pequeño recibirá poca agua.. El recipiente es la actitud con la que se practica y la profundidad de lo que se busca. La experiencia nos ha hecho ver que existen distintas motivaciones a la hora de acudir a la práctica del Zen.
 
Están aquellos que acuden por curiosidad, sin gran interés y sin nociones claras de lo que es el Zen.
 
Están aquellos que desean aprender una técnica para relajarse, para "estar mejor" sin reflexionar sobre las causas de su malestar y de su tensión.
 
Están aquellos que lo que desean es integrarse en algún grupo, tener amigos, conocer gente.
 
Están aquellos que no se sienten bien con ellos mismos y sienten la necesidad de hacer algo, (de satisfacer su insatisfacción, de ser felices) pero no tienen una dirección concreta y no han reflexionado suficientemente sobre lo que quieren y lo que no quieren.
 
Están aquellos que han leído libros sobre el Zen, que se sienten intelectualmente identificados con la enseñanza del Zen y desean "practicar" y acuden a la práctica con un bagaje pesado de prejuicios intelectuales, de ideas preconcebidas, de categorías y conceptos.
 
Están aquellos que llegan a un centro sin tener ni la más mínima idea de lo que es el Zen y, sin embargo, encuentran inmediatamente que el Zen es su camino.
 
Están aquellos que, hayan o no leído libros sobre el Zen, lo que buscan es una vía espiritual a través de la cual operar una profunda revolución interior, una transformación personal que les permita vivir de acuerdo con una verdad que ellos mismos sienten vagamente en su interior pero que no saben como desarrollar o expresar.
 
Están aquellos que lo que buscan es la Vía del Zen y sólo la Vía del Zen, teniéndolo muy claro desde el principio.
 
Cada persona es diferente, cada una tiene su propia actitud, pero las citadas anteriormente son los estereotipos más comunes. Si la motivación no es correcta, es imposible continuar practicando zazen durante largo tiempo. Muchas personas acuden al Zen como podrían acudir a cualquier otro centro espiritual, o a centros de meditaciones variadas, o a centros de psicoterapia, o a clubes y asociaciones cívicas, o a centros de relajación, masaje y técnicas de bienestar. Son personas que, al no tener definida su búsqueda, igual están hoy aquí que mañana en otro sitio. Además, con la práctica de zazen tienen la impresión de «no sacar nada de provecho». La propia actitud o motivación es pues un obstáculo que impide perseverar y entrar en el corazón del Zen.
 
Otras personas, sin embargo, reciben una impresión muy buena de sus primeras sesiones de zazen. Perciben algo en la atmósfera del centro que les atrae enormemente, se sienten identificadas a grandes rasgos con el silencio de zazen y con la enseñanza que recibe. Estas personas deciden seguir practicando y acudir regularmente al centro para practicar zazen, aunque aún no podrían decir muy bien por qué les gusta la práctica del Zen.
 
Los obstáculos
 
No obstante, a pesar de esta atracción por el Zen, es usual que al comienzo de la práctica algunas personas experimenten ciertos rechazos hacia algunos aspectos de la práctica del Zen. Aparecen los obstáculos. El superar estos obstáculos depende de la actitud que tome el practicante hacia ellos. De hecho, estos obstáculos no son exteriores u objetivos, sino profundamente subjetivos y corresponden a prejuicios culturales, intelectuales, emocionales y corporales del propio practicante.
 
Estos obstáculos son variados y diversos, pero podrían ser sintetizados en tres grupos:
 
1. Obstáculos corporales
 
2. Obstáculos intelectuales
 
3. Obstáculos emocionales
 
Obstáculos corporales
 
Lo primero que la mayoría de los principiantes constatan es la dificultad Inicial de postura de zazen. A veces es incluso imposible tomar la postura de zazen, y aunque sea posible, el permanecer inmóvil en zazen durante una sesión de treinta minutos se convierte en una experiencia dolorosa y casi traumática.
 
El dolor es una de las primeras barreras que nos encontramos cuando comenzamos a practicar zazen. ¡Con el dolor hemos topado! Hay que decir que el dolor es el mejor consejero espiritual, el mejor amigo. El dolor es un síntoma de nuestro desequilibrio, una luz roja que se enciende y nos dice: "algo no va bien". Es como una columna de humo que nos indica que en alguna parte hay un fuego. Siguiendo la columna de humo podemos llegar hasta su origen, el fuego, y apagarlo. Por lo tanto, no debes desalentarte por el dolor. Zazen no es una práctica ascética ni mortificadora. Zazen no es en sí doloroso. Pero a veces, sobre todo al principio, el dolor aparece.
 
¿Por qué?
 
Por una parte, hay una realidad fisiológica: nuestros tendones, nuestros músculos, nuestra estructura corporal no está acostumbrada a la postura de zazen. Zazen es un entrenamiento, una superación de uno mismo. Hay un trabajo corporal y este trabajo produce a veces sensaciones dolorosas. En cualquier deporte sucede igual. Nuestros viejos hábitos corporales se resisten a desaparecer. Pero con el tiempo y la práctica, nuestro cuerpo se adapta a la postura de zazen y se instala confortablemente en ella.
 
Por otra parte, en el dolor hay un fuerte componente psicológico y mental. Me duele a mí. El "yo" es quien más sufre. Cuanto más fuerte sea la conciencia de ego, más insoportable será el dolor. Cuando la conciencia egótica comienza a calmarse y a disolverse el dolor deja de ser una amenaza seria y se convierte en una simple sensación más.
 
Las mentes agitadas sufren más que las mentes serenas. Se ha comprobado que cuando el cerebro alcanza un estado de profunda quietud y serenidad comienza a segregar una sustancia llamada endorfina, una de cuyas funciones principales es disolver las sensaciones agudas de dolor.
 
Controlar nuestra mente, conducirla hacia estados de paz y serenidad, entrenar nuestro cuerpo, armonizar la respiración es el camino para superar la barrera del dolor. La paciencia es fundamental.
 
Cuando aparecen las sensaciones dolorosas, aquellos que acuden al zazen como técnica de relajación o de bienestar, lo abandonan enseguida. Incluso si uno está realmente interesado por el Zen, la dificultad de la postura le hace pensar en desistir.
 
En, realidad, todo el mundo puede sentarse en zazen, al menos que se tenga alguna lesión física importante, si se arma de la perseverancia y del tesón necesario.
 
Zazen es también un entrenamiento físico y corporal. Se trata de reestructurar nuestra arquitectura muscular, de modelar nuestro cuerpo con el fin de volverlo apto para una práctica de meditación profunda como es zazen. Nuestro cuerpo es un ser vivo y por lo tanto adaptable y dúctil. Es normal que, acostumbrados a muchos hábitos corporales erróneos, la postura de zazen nos cree dificultades iniciales. Pero estas dificultades van desapareciendo en la medida en que perseveramos y nos trabajamos. No vale decir, como excusa, que la postura de zazen sólo sirve para los japoneses, los chinos y los indios, ya que ellos están acostumbrados desde pequeños a ella. Es necesario saber que tantos los chinos, los japoneses y los indios que nunca han practicado zazen tienen los mismos problemas que los occidentales a la hora de iniciarse en la práctica. También hay que saber que en occidente son miles las personas que practican zazen regularmente y que han hecho de zazen una costumbre habitual es sus vidas.
 
Lo único que se requiere es perseverancia y, en los casos más difíciles, ciertos ejercicios de estiramiento antes de sentarse en zazen.
 
Otro obstáculo de índole corporal que surge es el apego a las formas. En los centros zen se enseñan ciertos comportamientos corporales tales como gasshô (saludo con las palmas de las manos juntas), sasshu (las manos recogidas delante del pecho para caminar y permanecer inmóvil en la posición erguida), sampai (postración), etc. En un centro está estipulada también la forma de entrar, de salir, de caminar, de sentarse. Después de zazen se suele realizar una ceremonia. Algunas personas tienen mucha dificultad a la hora de practicar este comportamiento corporal porque están muy apegadas a las formas corporales, no a las que se enseñan en el centro, sino a las que están acostumbradas. Y en el centro, al realizar con su cuerpo gestos y comportamientos inhabituales, sienten rechazo. Este rechazo hacia el comportamiento corporal de la sala de meditación es la otra cara de la moneda del apego que sienten hacia sus comportamientos habituales.
Algunas personas no pueden vencer su propia fijación, lo cual les provoca un sentimiento de ridículo y un rechazo tan grandes que terminan por abandonar la sala de meditación. El obstáculo no ha sido vencido.
La única manera de vencerlo es aceptando sin prejuicios las nuevas formas, adaptarse a ellas, experimentarlas "desde dentro" volviendo al cuerpo flexible para aprender nuevas pautas de comportamiento. Cuando el comportamiento en la sala de meditación es practicado durante algunos meses, uno comienza a descubrir su sentido profundo, no intelectual, sin necesidad de largas explicaciones verbales. No hay que olvidar nunca que la Vía del Zen no es una teoría, sino una práctica, es decir, una experiencia.
La práctica del Zen con todo el cuerpo provoca un despertar de nuestra conciencia corporal, una reestructuración de nuestros hábitos corporales.
 
Obstáculos intelectuales
 
A medida que se practica zazen se va entrando en contacto con la enseñanza del Zen, con los principios esenciales enseñados por los Budas y Patriarcas. Estas enseñanzas van destinadas a ayudarnos a tomar una perspectiva justa desde la que concebir nuestra propia práctica. Son una ayuda para comprendernos a nosotros mismos. Sin embargo, puede que nuestros propios puntos de vista no coincidan con esta enseñanza, o que algunos aspectos de esta enseñanza nos parezcan tan extraños y ajenos a lo que normalmente hemos pensado que aparezca en nuestra mente un rechazo intelectual.
 
La Vía del Zen no es una teoría ni una ideología, sino una práctica existencial, es decir, una experiencia. El Zen sigue la vía de la experiencia. La enseñanza de los Budas y Patriarcas tiene como finalidad el, conducirnos a la experiencia de nuestra verdadera naturaleza original. Tiene pues un carácter eminentemente práctico. No se trata de memorizar principios, dogmas. No se trata de ideologizarse, ni de adoctrinarse, sino de comprender cómo debemos conducir nuestra propia práctica.
 
En este proceso, es importante tener en cuenta los siguientes puntos:
 
En primer lugar debemos oír la enseñanza: qué es lo que hay que practicar, cómo, con qué actitud mental, corporal y emocional. Esto es, recibir la enseñanza de un verdadero maestro Zen de la Transmisión, trabajarse a sí mismo con el fin de volverse un recipiente apto para recibir esta enseñanza. Oír mucho, cuanto más mejor. Cuanta más enseñanza oigamos, más exactamente podremos guiar nuestra práctica. Para oír la enseñanza es necesario estar al lado de un maestro, pues no se trata de recibir solamente unos principios teóricos y objetivos, sitio de un "sentir", de una intuición, de una comunicación íntima de maestro a discípulo. El practicante debe trabajar su receptividad intelectual y emocional a fin de poder resonar con la vibración emitida por el maestro. Para ello, es fundamental acallar, aunque sólo sea momentáneamente, los propios puntos de vista personales, abandonar las ideas preconcebidas, y volverse intelectualmente receptivos a las enseñanzas que se reciben.
 
Después de haber oído una enseñanza, debemos asegurarnos de que la hemos comprendido correctamente, sin añadir categorías personales. Para ello debemos reflexionar una y otra vez sobre las enseñanzas recibidas. Si no comprendemos algún punto o no estamos seguros de haberlo comprendido bien, debemos plantear nuestras dudas al maestro, bien durante una entrevista personal, bien durante un mondo (coloquio abierto). Una vez de que estamos seguros de haber comprendido correctamente, debemos reflexionar sobre si esta enseñanza es la que nos conviene, la que buscamos, la que necesitamos. En el caso de que no nos convenga lo mejor es sencillamente no practicarla y abandonar el Zen. Pero si sentimos que esta enseñanza es la que necesitamos, entonces debemos pasar, sin más preámbulo, a la práctica.
 
El tercer paso es practicar lo que hemos comprendido. Tras la comprensión intelectual es imprescindible la práctica total con el cuerpo y con la mente. También puede suceder en algunos casos que no veamos la necesidad de practicar algo, aunque su sentido intelectual esté muy claro y aunque hayamos recibido muchas explicaciones del maestro.
 
¿Qué debemos hacer en estos casos? Depende de la confianza que cada uno tenga en el maestro y en la enseñanza de los Budas y Patriarcas. Si se tiene confianza, se continuará la práctica, aunque momentáneamente no se tenga una perspectiva clara de ella. De lo contrario, la práctica en cuestión será abandonada. Sucede como con las señales de tráfico que indican la dirección de talo cual ciudad y la distancia que nos separa de ella. Cuando una señal de tráfico nos indica la dirección de una ciudad, vemos la señal pero no la ciudad. ¿Cómo podemos estar seguros de que esa ciudad se encuentra en esa dirección y a esa distancia si nunca hemos viajado hasta ella? No podemos estar seguros, pero confiamos en las personas que han colocado ahí esas señales para ayudarnos. Igual sucede en la Vía del Zen. Muchas veces no podemos vislumbrar el significado profundo de una enseñanza o de una actitud del maestro, pero si tenemos confianza en él y seguimos sus indicaciones, nosotros mismos podremos con el tiempo comprender lo que se nos quiere decir. Hasta hoy día, ninguna persona que haya practicado lo que los Budas y Ancestros han enseñado, ha dejado de experimentar lo que los Budas y Ancestros han experimentado.
 
La actitud justa consiste pues en ensanchar cada vez más las fronteras de nuestra comprensión Intelectual de la Vía del Zen. y a veces esto sólo puede suceder mediante un salto instantáneo más allá de estas fronteras. Como se dice en el Zen:
 
"Cuando llegues al borde de un precipicio de mil metros, da un paso al frente."
 
Los obstáculos intelectuales sólo pueden ser pues disueltos en la medida en la que nos liberamos de nuestras categorías mentales rígidas, de nuestros prejuicios, de nuestros viejos conceptos.
No se trata de superar obstáculos exteriores, sino de superarnos a nosotros mismos.
 
Obstáculos emocionales
 
Toda categoría mental, concepto, noción o prejuicio va siempre acompañada de una carga emocional que se polariza en la dualidad apego/rechazo, amor/odio. General e inconscientemente se siente apego hacia lo que ya se conoce, y un rechazo de entrada a lo nuevo, a lo que puede convulsionar nuestro mundo familiar.
En la práctica del Zen, debemos observar y hacernos conscientes de este proceso mental-emocional, a fin de no caer prisioneros de él.
 
La Vía del Zen no puede ser experimentada a través de la dualidad emocional atracción/rechazo, apetito/repulsión. Debemos ir más allá y recibir la enseñanza del Zen lo más simple y sencillamente que podamos, evitando que nuestras categorías emocionales actúen de filtro de esta enseñanza.
 
Con el tiempo y con una práctica de zazen perseverante, poco a poco, nuestra actividad emocional se irá calmando. Desde un punto de vista más sereno, podremos ver con mayor lucidez las perturbaciones que causan en nuestra mente esta actividad emocional incontrolado que nos hace odiar, rechazar, apegarnos tercamente, encolerizarnos, etc. No se trata de cultivar una frialdad inhumana, sino de poner orden y armonía en nuestros impulsos emocionales, comprendiendo su parcialidad y relativizándolos.
 
La actitud justa
 
Los Budas, Ancestros y Maestros Zen de la Transmisión nos han enseñado que para superar los primeros obstáculos y poder seguir profundizando en la Vía del Zen es necesario cultivar una actitud justa de la conciencia. Esta actitud justa puede ser caracterizada por los siguientes puntos:
 
Mushotoku
 
Es un término japonés que quiere decir "ningún provecho". Esta es la enseñanza fundamental en el Zen. No debemos esperar obtener beneficios personales de la práctica. No debemos buscar fines concretos cuando practicamos el Dharma del Buda. No debemos practicar con una meta egótica. ¿Por qué practicar entonces, para qué? Por nada especial, para nada. Practicamos el Dharma del Buda porque creemos que es lo mejor que podemos hacer. Nada más. La lluvia cae, el sol brilla, el trigo germina. La lluvia no cae para regar los campos. Cae porque su naturaleza es caer. El sol no brilla para hacer germinar el trigo. Brilla porque su naturaleza es brillar. El trigo no germina para alimentar a los hombres. Germina porque su naturaleza es germinar. De la misma manera, debemos practicar y estudiar el Dharma del Buda, porque nuestra naturaleza nos impulsa a conocernos y a comprender cada vez más profundamente el hecho de nuestra existencia en este mundo. Por supuesto que de nuestra práctica-estudio de la Vía surgirán muchos beneficios y recompensas, pero no debemos practicar buscando esos beneficios y recompensas. Simplemente debemos concentrarnos aquí y ahora sobre una práctica justa. Los frutos vendrán por sí mismos.
 
Shikantaza
 
Es otra expresión Zen japonesa muy importante y está íntimamente relacionada con MUSHOTOKU. Quiere decir «sentarse, solamente sentarse». Cuando nos sentamos en zazen, no nos sentamos para alcanzar algún fin, no esperamos algo especial. Simplemente nos sentamos con la misma actitud que la de la lluvia al caer, o la del sol al brillar, o la del trigo al germinar. Nos concentramos únicamente en el hecho de sentar nos correctamente, con una actitud corporal correcta, con una respiración correcta y con una actitud de espíritu correcta. No debemos pensar: "Hago zazen para iluminarme, o para ser mejor, o para adquirir poderes mágicos... Zazen es zazen, es el principio y el final, es un todo completo en sí mismo. Zazen no es una técnica de meditación utilizada para alcanzar un fin. Si no tenemos fin zazen mismo se convierte en el fin. Sólo entonces podemos comenzar a percibir la verdadera dimensión de zazen. SHIKANTAZA se refiere a la práctica de la postura sedente, a zazen. Pero esta actitud la debemos extender a todas las acciones de nuestra vida. En el Zen no trabajamos para ganar un sueldo, ni comemos para esto ni para aquello, no dormimos para estar más descansados al día siguiente, no vivimos para ... Trabajar es en sí el principio y el fin de una acción, es un todo completo independiente de sus frutos. Cuando comemos, comemos. No comemos para nada especial. Comemos porque en nuestra naturaleza está el hecho de comer. Cuando dormimos, dormimos. No dormimos para algo en especial. Cuando tenemos sueño, dormimos, es todo. ¿Para qué vivimos, cuál es el sentido de la vida? El Zen responde: El sentido de la vida es vivir. Vivimos para vivir. Esto quiere decir que el momento presente no es una estación de paso para el tren del tiempo que va desde el pasado al futuro. El presente es el presente, un tiempo único y completo en sí mismo. Por lo tanto, lo que el Zen nos enseña es a vivir plenamente el instante presente y descubrir en él la infinitud del tiempo, o el no-tiempo. Esto es, cuando estamos haciendo algo (zazen, trabajo, comida, dormir) debemos concentrarnos en hacer lo que estamos haciendo, sin pensar en las recompensas de nuestra acción.
 
No es posible practicar el Zen con una mentalidad mercantilista. Algunos dicen: "Bien. Me voy a esforzar en hacer zazen, voy a ir al centro, voy a estudiar y practicar la Vía. Y de todo esto espero obtener pingües beneficios". Con esta actitud no es posible avanzar. Al final uno se desmoraliza porque no obtiene nada palpable ni cuantificable y abandona la práctica diciendo: "Zazen no sirve para nada. Es una pérdida de tiempo. Mejor me dedico a otra cosa más gratificante." Esta actitud actúa precisamente de bloqueo para que aparezca el verdadero zazen. Cuando no se espera nada, aparece todo. Esperar es desesperar. Cuando se abandonan las expectativas egóticas, surgen las verdaderas recompensas. Shíkantaza es sentarse, simplemente sentarse sin esperar nada a cambio.
 
Hishiryo es la manera justa de pensar durante zazen. ¿En qué hay que pensar durante zazen? ¿Hay que pensar o no hay que pensar durante zazen? Estas son algunas de las preguntas que muchos principiantes se plantean. Algunos creen que zazen es "no-pensar", que hay que quedarse con la mente "en blanco". Otros aprovechan zazen para pensar en sus cosas, en sus problemas, en sus proyectos. Otros creen que la meditación zazen es crear pensamientos creativos, o pensamientos positivos, o cualquier otro tipo de pensamiento. Zazen no es ni una cosa ni otra. Durante zazen debemos "pensar sin pensar", no pensar pensando, pensar desde el fondo del no-pensamiento, no-pensar desde el fondo del pensamiento. ¿Qué significa esto? He aquí las formas de pensar más usuales:
 
Ir de pensamiento en pensamiento es pensar.
 
Ir de no-pensamiento en no-pensamiento es no pensar.
 
Durante zazen, el proceso es el siguiente:
 
Ir de pensamiento en no-pensamiento es pensar sin pensar.
 
Ir de no-pensamiento en pensamiento es no pensar pensando.
 
Esta es la manera justa de pensar durante zazen.
 
En la acción de pensar se produce un continuo mental formado por la encadenación ininterrumpida de pensamientos. Supongamos que cada punto es un pensamiento y la línea de puntos el continuo mental:
(.......................................................)
 
Esto significa que la atención está totalmente focalizada y atrapada por los incesantes pensamientos que aparecen en la mente. A veces uno quisiera dejar de pensar, pero no puede, no sabe cómo. Los pensamientos tienen atrapada la atención. Esto provoca patologías mentales tales como neurosis y obsesión. La persona se siente atrapada en el círculo vicioso de su propio pensamiento.
 
Durante zazen, al dirigir la atención sobre puntos importantes de la postura corporal y sobre la respiración, la conciencia se libera de la tiranía de los pensamientos obsesivos y neuróticos. A través del control de la atención, uno aprende a desprenderse de los pensamientos inoportunos. En la medida en la que nos vamos liberando de cada vez más pensamientos, el "continuo" mental comienza a romperse y a dejar entrever espacios vacíos, es decir, estados de no-pensamiento. Siguiendo con el ejemplo de los puntos:
(...... ......... ......... ............ ...................)
 
Los puntos son pensamientos. Los espacio huecos, estados de no- pensamientos.
 
No obstante, en el Zen no se pretende alcanzar un estado absoluto de no-pensamiento. Pensar es una actividad natural del ser humano, igual que comer, dormir, hablar. Comer mucho, hablar mucho, dormir mucho, pensar mucho es un extremo que debe evitarse. No comer nada, no hablar nada, no dormir nada, no pensar nada es otro extremo que también debe evitarse. Si no comemos ni dormimos nada, nuestro cuerpo se debilita, se marchita y termina por morirse. Si no pensamos nada, nuestra conciencia se aletarga, de duerme, cae en una especie de depresión emocional, intelectual y espiritual. Por lo tanto, lo que el Zen nos enseña es la vía del equilibrio. Esto es hishiryo: pensar sin pensar, no pensar pensando. Las nubes rosáceas flotan en el cielo azul. Las nubes son como pensamientos. El cielo azul es el estado de no-pensamiento. Más que pensar, dejar que los pensamientos se piensen.
 
No hay un "yo" pensante, hay pensamientos que vienen y que van como nubes en el cielo. Las nubes no pertenecen al espantapájaros, qué mas le da que vengan o que vayan, qué mas le da que el cielo esté nublado o sin nubes. El espantapájaros no tiene conciencia de "yo" ni de "mío". Por eso ni las nubes ni la ausencia de nubes le molestan. Durante zazen debemos ser parecidos a espantapájaros.
 
El maestro zen
 
El maestro zen es el amigo espiritual que te ayuda a descubrir lo esencial en ti mismo, que te guía por los vericuetos de tu propia mente y te enseña a plantar en tu conciencia las semillas de una realización espiritual que te permita descubrir por ti mismo tu auténtica naturaleza.
 
Aquí, en Japón, en China, en India, en USA y en Australia, en todas partes y siempre aquellos que quieren estudiarse a sí mismos siguiendo la Vía del Zen siempre han buscado un maestro, un amigo espiritual. Un maestro Zen es como un guía de montaña que se conoce la ruta porque ha subido y bajado muchas veces por ella. Te ahorra tiempo, te ayuda en los momentos de desaliento y te avisa de los difíciles pasajes.
 
Estudiar con un maestro Zen no significa renegar de la propia responsabilidad en la práctica de la Vía. El estudiante debe practicar por él mismo, siguiendo los consejos del maestro. El maestro es el dedo que señala la luna, pero es el estudiante quien debe mirar la luna. El estudiante debe experimentar la enseñanza del maestro, de lo contrario esta enseñanza se vuelve inútil.
 
La relación con el maestro podemos enfocarla desde dos puntos de vista:
 
a) Como simple practicante, Es decir, sin crear fuertes vínculos personales con él, oyendo sus enseñanzas y consejos e intentando seguirlo como cuando se oye un profesor de universidad. El estudiante recibe una enseñanza objetiva la técnica el método de zazen, los principios del Budismo Zen. Al no haber creado un fuerte vínculo personal con el maestro, el estudiante no corrobora su comprensión con la comprensión del maestro, y está sujeto a su propia interpretación. Esto es como cuando un hombre y una mujer inician una relación informal, sin compromiso, sin reglas.
 
b) Como practicante-discípulo. Existe un acto íntimo en el cual el practicante solicita al maestro ser aceptado como discípulo. A partir de aquí la relación comienza a volverse más profunda. El estudiante no espera ya una enseñanza teórica, sino una educación plena de sus potencialidades emocionales, intelectuales existenciales, etc. La relación maestro-discípulo se vuelve mucho más íntima, más profunda, más comprometida. El discípulo acepta que el maestro meta los dedos en sus tripas.
 
Existen reglas de buen hacer, normas de comportamiento en la relación maestro-discípulo. El maestro deja de ser un profesor de Zen, su enseñanza no se limita ya a los momentos de la práctica en la sala de meditación, sino que continúa en todas las circunstancias de la vida cotidiana: en la calle, en el bar, en la mesa, en el trabajo, en el descanso, etc.
 
Lo importante cuando se quiere practicar con la actitud de discípulo es cultivar la receptividad hacia el maestro y permanecer a su lado el mayor tiempo posible, practicando, trabajando, riendo, llorando con él. De esta manera, el espíritu del discípulo se impregna naturalmente, inconscientemente del espíritu del maestro; ambos se convierten en dos vasos comunicantes. Si entramos en una habitación impregnada de aroma de rosa, nuestra ropa se impregnará también sin saber cómo.
 
En el Zen un verdadero maestro es aquel que ha recibido la Transmisión del Dharma de otro verdadero maestro Zen quien a su vez también la ha recibido de otro verdadero maestro Zen, y así, remontando hasta llegar al Buda Sakyamuni. Así pues no es uno mismo quien se autoproclama "maestro Zen".
 
La Comunidad Budista Soto Zen tiene como maestro en el Dharma a su fundador Dokushó Villalba, monje Zen ordenado por el maestro Taisen Deshimaru Roshi en 1978. Recibió la Transmisión del Dharma del Venerable Maestro Shuyu Narita Roshi y actualmente es el único maestro Zen español reconocido por las autoridades de la escuela Soto Zen japonesa.
 
Practicando como se ha enseñado hasta ahora, uno puede progresar rápidamente en la Vía del Zen. Poco a poco, imperceptiblemente, una nueva personalidad irá naciendo. Muchos de nuestros hábitos corporales, mentales y emocionales se habrán transformado y por, lo general, se experimenta un verdadero renacer. Atrás quedó la actitud desconfiada, rígida, miedosa y confusa de nuestros primeros días de práctica.
 
La práctica de zazen y la enseñanza del maestro comienzan a abrirnos el verdadero mundo de los Budas, una nueva dimensión de nuestra existencia, una nueva forma más satisfactoria de vernos a nosotros mismos, de ver el mundo y de relacionarnos con él. Podemos sentirnos incluso eufóricos tras la superación de los primeros obstáculos. Atrás va quedando el viejo yo ilusorio y cada vez sentimos más la presencia de un nuevo yo más real, más auténtico, más pleno. Es en este momento cuando algunos practicantes sienten una especie de vértigo, el vértigo de la duda.
 
La duda
 
A pesar de los resultados satisfactorios obtenidos con la práctica de zazen, algunos practicantes sienten que se están alejando "demasiado" de su mundo familiar, al que, en algún remoto lugar de su inconsciente, permanecen apegados.
 
Además, en estos momentos, uno comienza a darse cuenta de que zazen y la Vía del Zen es mucho más que una técnica de meditación o de relajación. Uno comienza a intuir la verdadera profundidad de la Vía del Zen, es decir de su propia existencia. Y esta profundidad da miedo, el miedo del polluelo a salir de su cascarón. Son momentos de incertidumbre y de duda. ¿Intentar volver al mundo de siempre? ¿Seguir adelante?
 
La visión del Dharma
 
Esta duda es natural e incluso beneficiosa si se vive con una actitud mental justa. Está duda es la manifestación de que se está produciendo la visión del Dharma (de la Realidad que nos muestra el Zen) y que esta visión está siendo comparada con la visión ordinaria que habíamos tenido hasta entonces.
 
La visión del Dharma es la percepción intuitiva de los tres rasgos fundamentales de nuestra existencia fenomenal. A saber:
 
1º Vivimos en un mundo frágil e impermanente.
 
Nada dura, nada permanece. Ni la felicidad ni la desgracia, ni el bien ni el mal, ni el yo ni los demás. Comenzamos a comprender que no podemos encontrar una satisfacción duradera aferrándonos a cosas que, por su propia naturaleza, tienden a desaparecer. Los amigos se vuelven enemigos, el cuerpo enferma, la riqueza es causa de tantos malestares como la pobreza, el confort material termina por asfixiarnos, nuestros familiares envejecen y mueren. Las ideologías se expanden como el fuego para, acto seguido, sucumbir estrepitosamente. Despertarse a la impermanencia del mundo en el que vivimos es despertarse a la constatación de que nosotros también tendremos que desaparecer completamente de la faz del planeta. Ante esta perspectiva, el deseo de honores, de reputación, de poder, de confort, de placeres materiales, pierde gran parte de su fuerza. Lo que antes nos motivaba tanto, las cosas por las que luchábamos con tanto ahínco comienzan a perder su sentido. La constatación real de la impermanencia provoca una crisis del ego, una reestructuración de nuestro ser-estar en el mundo porque comenzamos a darnos cuenta de que no somos lo que creíamos ser, de que hemos estado corriendo detrás de fantasmas, de sombras, de espejismos. Comienza a desmoronarse lo que creíamos ser. El yo se tambalea.
 
2º Surgen preguntas: ¿Quién soy yo, qué es ESTO?
 
Nos damos cuenta de que el yo es una entidad indefinible, inefable, inexistente. No hay un yo, hay miles de yo. O bien, el yo no es una entidad fija e inmóvil, no es una personalidad monolítica, sino un proceso, una corriente. Un proceso en el que continuamente están muriendo viejos yo y naciendo nuevos yo. Ya no nos sentimos exclusivamente el padre, ni la madre, ni el hijo, ni el hermano, ni el esposo, ni la esposa, ni el profesor, ni el alumno, ni la buena persona ni la mala persona, ni el inteligente ni el torpe, ni el gobernante ni el gobernado, ni el patrón ni el obrero. Dejamos de identificarnos exclusivamente con las funciones puntuales que desempeñamos en la vida social, familiar y profesional. Comenzamos a comprender que la verdadera naturaleza de nuestra existencia trasciende con mucho los roles o las "personalidades" que interpretamos diariamente. Surge inevitablemente la pregunta: "Si yo no soy exclusivamente los personajes que interpreto en la vida diaria, ¿quién soy yo? ¿Qué es el Verdadero Yo que incluye y trasciende los infinitos yo que aparecen y desaparecen en la corriente de mi vida? ¿Cuál es la verdadera naturaleza de mi existencia?"
 
3º Este puede ser el punto de partida para una práctica espiritual realmente profunda y veraz.
 
Experimentando la evidencia de los dos aspectos citados, llegamos a comprender un poco mejor la causa fundamental de nuestro sufrimiento y del sufrimiento de los seres vivientes. Sufrimos porque nos apegamos a una ilusión, a una sombra irreal. La ilusión es la manifestación de la ignorancia fundamental de la mente humana. La ilusión es un percepción errónea, incompletas deformada de la Realidad. Al no percibir la verdadera Realidad, los seres humanos no pueden vivir en armonía con ella. Al no vivir en armonía con ella, surge el sufrimiento. Sufrimos por ignorancia.
 
El sufrimiento al que se refieren los Buda no se limita a las sensaciones dolorosas, ya sean corporales, mentales o emocionales. Se refiere más bien, en un sentido amplio, a la insatisfacción continua en la que vivimos los seres humanos, a la ausencia de tranquilidad interior, de paz interior, de serenidad, de libertad profunda. La agitada actividad de nuestra mente nos produce sufrimiento, la pobreza nos produce sufrimiento, la riqueza también. Incluso la felicidad produce sufrimiento porque cuando somos felices tenemos miedo a dejar de serio, nos apegamos a la felicidad. Y esto es sufrimiento. Vamos allí y vemos sufrimiento, vamos allá y vemos sufrimiento. Nos quedamos aquí y vemos sufrimiento.
 
Este sufrimiento profundo, existencial, no puede ser resuelto ni acallado ya con pequeños remedios, ni con narcóticos, sino únicamente mediante una práctica espiritual profunda y exacta que nos permita acceder a la otra orilla del río de la vida: la visión clara de la auténtica naturaleza original de nuestra existencia.
 
He aquí los dos polos de la duda: "La Vía del Buda se ha abierto ante mí y todos los Budas y Patriarcas me invitan a que la recorra. Algo en mí quiere hacerla, pero, por otra parte, tengo miedo. ¿Qué será de mí?
 
Tengo miedo a dejar de ser lo que soy, o lo que creo ser, tengo miedo a perder mi mundo familiar que, aunque insatisfactorio ya, es el que conozco, con el que me identifico, en el que me siento más yo. Por otra parte, no puedo volver atrás, no puedo negar mi propia experiencia en la Vía del Zen, ni la visión que se está abriendo paso en mi mente."
 
Algunos piensan: "¿Qué dirán mis familiares y amigos si se enteran de que me he comprometido con el Budismo Zen?"
 
La forma que la duda adquiere en estos momentos varía según las personas, pero lo cierto es que aparece una encrucijada importante. El practicante se siente como el protagonista de esta historia:
 
"Una persona va caminando por una llanura desierta. Parece tener todo el tiempo del mundo. Se para acá y allá. Mira las flores, se tumba, se levanta. Camina hacia el Norte, hacia el Sur. Parece no tener rumbo fijo. De pronto, oye un horripilante rugido a sus espaldas. Se vuelve y ve aterrorizado que se trata de una bestia espantosa, medio león, medio toro. La bestia avanza amenazante hacia él y echa a correr. Corre, corre y corre hasta la extenuación, pero la bestia le sigue siempre cada vez más cerca. Corre, corre, corre y tropieza. Al tropezar cae por un precipicio insondable, pero tiene la suerte de aferrarse a unas lianas que salen de la pared. Se aferra a ellas con los dientes. La bestia llega al borde del precipicio y allí se sienta a esperar. La persona mira hacia el suelo y ve con horror que allí hay una enorme serpiente con las fauces abiertas, esperando su caída para devorarlo. No puede subir ni bajar, ni avanzar ni retroceder. Pero su mandíbula aún puede aguantar un poco más. Es en ese momento cuando se da cuenta que sobre la liana hay dos ratones. Uno blanco y otro negro. El ratón blanco está royendo la liana. El negro también. Los segundos están contados. Entonces aparece un maestro zen en helicóptero y le pregunta: "En estos momentos ¿qué es lo más importante para ti?"
 
¿Qué responderías tú?
 
En caso de dudas, continúa haciendo zazen hasta que la duda haya sido disuelta. Si no puedes disolverla, solicita una entrevista personal con el maestro.
 
La duda es uno de los obstáculos más difíciles de superar. El momento de su aparición depende de cada persona: en algunas aparece a los pocos días de comenzar la práctica, en otras al cabo de meses, e incluso de años, según la intensidad y la profundidad de la práctica de cada uno. La duda misma puede ser de distinta intensidad. En el Zen se habla a veces de la Gran Duda. Esta Gran Duda aparece en los momentos críticos en los que se experimenta la culminación de un proceso de maduración espiritual. Esta Gran Duda es vivida como un doloroso desgarro emocional y espiritual. Es como si fuéramos caminando y, de pronto, la tierra se abriera bajo nuestros pies. Atrás queda la "vieja tierra", delante la "nueva tierra", y nosotros en medio con el abismo bajo nuestros pies. ¿Qué hacer? ¿Hacia delante, hacia atrás? Es en este momento cuando aquellos que carecen de la determinación suficiente y de la motivación justa suelen abandonar la práctica de zazen y la Vía del Zen. También están aquellos que, sin pensarlo, dan un salto intuitivo hacia la nueva tierra, hacia la otra orilla.
 
En el Zen se dice:
 
Gran Duda, Gran Iluminación.
 
Pequeña duda, pequeña Iluminación.
 
Ninguna duda, ninguna Iluminación.
 
La Gran Duda no puede ser resuelta mediante el intelecto, sino mediante la totalidad de nuestro ser existencial, más allá del pensamiento, a través de una reacción espontánea e intuitiva.
 
La visión de los Tres Tesoros
 
La resolución de la Gran Duda implica la determinación de seguir la Vía de los Budas y Patriarcas, de recibir su enseñanza, de estudiar y de practicar lo que ellos estudiaron y practicaron. Supone tomar al Buda cómo maestro espiritual y fuente continua de Inspiración; al Dharma como el Camino, la Vía, la Enseñanza a seguir; la Sangha como la Comunidad espiritual en la que desarrollar la propia aspiración espiritual.
 
Los labios, el cuerpo, el corazón y el espíritu dicen entonces:
 
Veneración al Buda.
Veneración al Dharma.
Veneración a la Sangha.
 
Para ser guiado voy al Buda.
Puedan mis pies marchar por la Vía del Despertar.
 
Para ser guiado voy al Dharma
pueda mi cuerpo-mente comprender la Enseñanza
y obtener la Gran Sabiduría Compasiva
vasta como el océano.
 
Para ser guiado voy a la Sangha.
Podamos todos vivir en armonía
más allá de los apegos egoístas.
 
A esta actitud emocional y espiritual se le llama Tomar Refugio en los Tres Tesoros (Buda, Dharma, Sangha) o entrada en la Corriente, y se materializa en la Ceremonia de Toma de Refugio que tiene lugar varias veces al año en el Monasterio Luz Serena, en presencia de los demás miembros de la Comunidad.
 
En un árbol hay flores, hojas, ramas, tronco y raíces. En la Vía del Zen también. Antes de entrar en la corriente sólo veíamos las flores, las hojas y las ramas del Zen. Entramos en la corriente porque nos damos cuenta de que estas hojas, flores y ramas están sustentadas por un tronco, y este tronco se yergue sobre la tierra gracias a la fuerza de sus raíces. Al darnos cuenta de esto surge naturalmente el deseo de entroncarnos y de enraizarnos en la Vía del Zen.
 
El Zen se convierte en nuestra Vía.
 
La Vía espiritual que queremos recorrer.
 
Y para guiarnos en nuestro recorrido aparecen tres estrellas:
 
El Buda, el Dharma y la Sangha.
 
Escrito por Dokushô Villalba, el 15 de junio del 1989.
Revisado y puesto a punto el 17 de enero del 2012.